La autonomía digital ha dejado de ser un debate geopolítico para convertirse en una variable financiera. Durante años, la infraestructura cloud se percibió como un servicio commodity sin fronteras: eficiente, neutral, indiferente a las banderas.
La creciente fragmentación ha puesto fin a la globalización sin condiciones y a la idea de que externalizar infraestructura crítica a proveedores extracomunitarios era una decisión puramente técnica.